lunes, 22 de diciembre de 2014

Capítulo 1 SPIRIT BOUND

Capítulo 1
H ay una gran diferencia entre amenazas de muerte y cartas de amor, incluso si la persona que las escribe aún reclama que te ama. Aunque, considerando que una vez traté de matar a una persona que amé, tal vez yo no tenga derecho a juzgar. La carta de hoy ha llegado perfectamente sincronizada, no es que hubiera esperado menos, ya la he leído cuatro veces y, aunque ya se me hacía tarde, no pude evitar leerla por quinta vez.
Mi querida Rose,
Uno de los pocos inconvenientes de ser despertado es que ya no necesitamos dormir, por lo tanto ya no soñamos. Es una lástima, porque si yo pudiera soñar, soñaría contigo. Soñaría con tu olor y cómo se siente tu negro cabello de seda entre mis dedos. Soñaría con la suavidad de tu piel y la fiereza de tus labios cuando nos besamos.
Sin sueños, tengo que conformarme con mi propia imaginación, que es casi igual de buena. Puedo imaginar todas esas cosas a la perfección, al igual que cómo será cuando tome tu vida de este mundo. Es algo que lamento tener que hacer, pero tú has hecho que mi decisión sea inevitable. Te negativa a unirte a mí en vida y amor eternos no me deja otra elección, y no puedo permitir que alguien tan peligroso como tú siga viviendo. Además, incluso si fueras convertida en contra de tu voluntad, ya tienes tantos enemigos entre los Strigoi que uno de ellos te mataría. Así que, si debes morir, será por mi mano. Y de nadie más.
Sin embargo, te deseo lo mejor el día de hoy cuando tomarás tus pruebas, no es que necesites suerte. Si en realidad están haciendo que las tomes, y no tengo ninguna duda de que lo están haciendo, es una pérdida de tiempo para todos. Eres la mejor del grupo, y para esta noche ya llevarás tu marca de La Promesa. Por supuesto, eso significa que serás aún más desafiante cuando nos reunamos otra vez... y definitivamente voy a disfrutarlo.
Y nos reuniremos de nuevo. Con la graduación, serás expulsada de la Academia, y una vez que estés fuera de los guardianes, te encontraré. No hay lugar en este mundo donde puedas esconderte de mí. Te estoy vigilando.
Con Amor,
Dimitri.
A pesar de sus ‚buenos deseos‛, realmente no encontré la carta inspiradora, así que la arrojé sobre la cama y salí de la habitación. Traté de no permitir que sus palabras me afectaran, aunque era casi imposible no sentir escalofríos por algo como esto: ‚No hay lugar en este mundo donde puedas esconderte de mí‛.
Y yo no lo dudaba. Sabía que Dimitri tenía espías. Desde que mi antiguo instructor/amante se convirtió en un malvado vampiro no-muerto, también se había convertido en una especie de líder entre ellos, algo que por cierto yo aceleré, al apresurarme a matar a su antigua líder. Yo sospechaba que muchos de sus espías eran humanos, que estaban observándome, esperando el momento en que yo saliera de la escuela. Ningún Strigoi puede evitar la guardia de veinticuatro horas. Aunque los humanos pueden hacerlo, y recientemente nos enteramos de que muchos estaban dispuestos a servir a los Strigoi a cambio de la promesa de ser convertidos algún día. Esos humanos consideran que la vida eterna vale la pena a cambio de corromper sus almas y matar a otros para sobrevivir. Esos humanos me hacían sentir enferma.
Pero los humanos no eran lo que hacía que mis pasos vacilaran mientras caminaba a través del césped verde brillante por el toque del verano. Era Dimitri. Siempre Dimitri. Dimitri, el hombre que había amado. Dimitri, el Strigoi que quería salvar. Dimitri, el monstruo que muy probablemente tendría que matar. El amor que habíamos compartido siempre quemaba dentro de mí, por muy a menudo que yo me dijera que siguiera adelante, por más que el mundo entero pensara que había continuado sin él. Él estaba siempre conmigo, siempre en mi mente, siempre haciendo que dudara de mí misma.
—Parece que estás lista para enfrentarte a un ejército.
Salí de mis oscuros pensamientos. Estaba tan obsesionada con Dimitri y su carta, que había estado caminando alrededor del campus, ajena al mundo, y no me había dado cuenta de la presencia de mi mejor amiga, Lissa, que se unía a mi paso, con una sonrisa burlona en su rostro. Que ella me haya sorprendido era extraño, ya que compartíamos un lazo psíquico, y eso siempre me mantenía al tanto de su presencia y sus sentimientos. Tenía que haber estado muy distraída para no haberla notado, y si existía una distracción real, esa sería alguien que quiera matarme.
Le dí a Lissa lo que esperaba fuera una sonrisa convincente. Ella sabía lo que había ocurrido con Dimitri, mi ex tutor y ex novio, quien había sido convertido en Strigoi y ahora quería matarme después de que yo traté de matarlo pero fallé. Aún así, las cartas que recibía de él cada semana la preocupaban, y ella ya tenía suficiente con lo que lidiar, sin tener que añadir a mi acosador no-muerto a la lista.
—De cierta forma, estoy por enfrentar a un ejército —señalé. Era tarde, pero el final del verano aún mantenía el sol alto en el cielo de Montana, bañándonos con una luz dorada mientras caminábamos. Yo lo adoraba, pero para un Moroi, un pacífico y viviente vampiro, Lissa eventualmente se volvería débil por ello y se incomodaría.
Ella sonrió y echó su cabello platinado sobre un hombro. El sol iluminaba su pálido color hasta darle un brillo angelical. — Supongo. No creí que realmente estarías tan preocupada.
Yo podía entender su razonamiento. Incluso Dimitri había dicho que esto era una pérdida de mi tiempo. Después de todo, yo había ido a Rusia y me había enfrentado a Strigois de verdad, y había matado a muchos de ellos por mi cuenta. Tal vez no debería tener miedo, pero de repente toda la habladuría y las expectativas de la gente me estaban presionando. Mi corazón latía muy rápido. ¿Qué pasaría si no podía hacerlo? ¿Qué pasaría si no fuera tan buena como yo creía que lo era? Los guardias que me retarían aquí no eran Strigoi, pero eran muy calificados y habían estado luchando por mucho más tiempo que yo. La arrogancia podría meterme en muchos problemas y, si fallaba, lo haría frente a todas las personas que se preocupaban por mí. Toda la gente que tenía fe en mí.
Otra cosa también me preocupaba.
—Estoy preocupada acerca de cómo estas calificaciones afectarán mi futuro —le dije.
Era la verdad. Las pruebas eran el examen final para un novato guardián como yo. Aprobarlas garantizaba que podría graduarme de la Academia St. Vladimir y tomar mi lugar con los guardianes verdaderos que defendían a los Moroi. Las pruebas decidían básicamente a qué Moroi sería asignado el guardián.
A través de nuestra conexión, sentí la compasión de Lissa... y su preocupación. —Alberta cree que hay una buena probabilidad de que aún podamos estar juntas... que aún serás mi guardiana.
Yo hice una mueca. —Creo que Alberta dijo eso para mantenerme en la escuela. —Había abandonado la escuela para ir a cazar a Dimitri hace unos meses y luego regresé... y eso era algo que no se vería bien en tu expediente académico. También estaba el pequeño detalle de que la reina Moroi, Tatiana, me odiaba y que probablemente tendría alguna influencia sobre a quién yo fuera asignada. Pero esa era otra historia—. Creo que Alberta sabe que la única forma en que me dejarían protegerte es si soy la última guardiana sobre la tierra. E incluso si así fuera, mis probabilidades aún serían muy pocas.
Delante de nosotros, la multitud se escuchaba más fuerte. Uno de los muchos campos de deportes de la escuela se había transformado en una arena de lucha de alguna clase, como algo de la época de los gladiadores romanos. Las gradas habían sido transformadas de simples asientos de madera a bancos lujosamente acolchonados, con techos de tela para proteger a los Morois del sol. Había banderas rodeando el campo, con sus colores brillantes azotándose con el viento. No podía verla todavía, pero sabía que había algún tipo de barrera construida cerca de la entrada del estadio para que los novatos esperaran ahí, con los nervios de punta. El mismo campo había sido convertido en una carrera de obstáculos con trucos peligros. Y por el sonido estruendoso de los aplausos, sabía que muchas personas ya estaban ahí para presenciar el evento.
—No desistiré en mis esperanzas —dijo Lissa con firmeza. A través de nuestra conexión, yo sabía que lo decía en serio. Era una de las cosas maravillosas acerca de ella, su fe inquebrantable y su optimismo. Hacía que las pruebas más terribles parecieran nada. Era un fuerte contraste con mi reciente cinismo—. Y tengo algo que podría ayudarte hoy.
—Ella se detuvo y buscó en el bolsillo de sus jeans, sacando un anillo de plata con piedras pequeñas que parecían piedras preciosas. No necesitaba de ninguna conexión para entender lo que ella me estaba ofreciendo.
—Oh, Liss... no lo sé. No quiero ninguna, ehh, ventaja injusta.
Lissa entornó sus ojos. —Ese no es el problema, y tú lo sabes. Este está bien, te lo juro.
El anillo que ella me ofrecía era uno de encanto, con una infusión extraña del raro tipo de magia que ella ejercía. Todos los Moroi tenían control sobre uno de los cinco elementos: tierra, aire, agua, fuego, o espíritu. El espíritu era el más raro... tan raro que había sido olvidado durante siglos. Pero Lissa y algunos otros recientemente habían conseguido dominarlo. A diferencia de los demás elementos, que son más de naturaleza física, el espíritu estaba vinculado con la mente y con todo tipo de fenómenos psíquicos. Nadie lo comprendía del todo.
El hacer encantos con el espíritu era algo con lo que Lissa apenas había comenzado a experimentar... y ella no era muy buena en eso. Su mejor habilidad de espíritu era la de curación, así que ella seguía tratando de hacer hechizos de curación. El último había sido un brazalete que había quemado la superficialmente de mi brazo.
—Este funciona. Sólo un poco, pero te ayudará a mantener lejos a la oscuridad durante la prueba.
Ella lo dijo a la ligera, pero ambas conocíamos la seriedad de sus palabras. Todos los dones del espíritu tenían un costo: una oscuridad que se manifestaba ahora como ira y confusión, y que finalmente llevaba a la locura. Una oscuridad que a veces me transmitía a través de nuestra conexión. A Lissa y a mí nos habían dicho que con encantos y su curación, podríamos combatirla. Eso también era algo que aún no teníamos dominado.
Le lancé una pequeña sonrisa, conmovida por su preocupación, y acepté el anillo. Este no quemó mi mano, lo que tomé como una señal prometedora. Era pequeño y sólo entró en mi dedo meñique. No sentí nada en lo absoluto mientras lo deslizaba en mi dedo. En ocasiones eso sucedía con los encantos de curación. O podría significar que el anillo era totalmente ineficaz. De cualquier manera, no habría ningún daño.
—Gracias —le dije. Sentí la alegría extenderse a través de ella, y continuamos caminando.
Levanté mi mano delante de mí, admirando la forma en que las piedras verdes brillaban. Las joyas no eran una gran idea en la clase de desafíos físicos que yo estaría enfrentando, pero iba a tener guantes cubriéndolo.
—Es difícil de creer que después de esto, habremos terminado y estaremos libres en el mundo real. —Lo dije en voz alta, sin considerar realmente mis palabras.
A mi lado, Lissa se congeló, y yo inmediatamente me arrepentí de haberlo dicho. ‚Estar libres en el mundo real‛ significaba que Lissa y yo íbamos a llevar a cabo una tarea con la que ella, infelizmente, había prometido ayudarme hace un par de meses.
Mientras estuve en Siberia, me enteré de que podría existir una forma de convertir de nuevo a Dimitri en un dhampir como yo. Era bastante improbable, y posiblemente una mentira, y considerando la obsesión que él tiene con matarme, no me hacía ilusiones en cuanto a tener alguna opción excepto matarlo si llegaba al punto de tener que elegir entre él y yo. Pero si había alguna forma en la que yo pudiera salvarlo antes de que eso pasara, tenía que encontrarla.
Desafortunadamente, la única oportunidad de convertir este milagro en una realidad era a través de un criminal. Y no se trataba de cualquier criminal tampoco: Víctor Dashkov, un Moroi de la realeza que había torturado a Lissa y había cometido todo tipo de atrocidades que habían convertido nuestras vidas en un infierno. La justicia había entrado en acción, y Victor estaba encerrado en prisión, lo que complicaba las cosas. Ahora sabíamos que mientras él estuviera destinado a una vida tras las rejas, no vería ninguna razón en compartir lo que sabía a cerca de su medio-hermano, la única persona que una vez había supuestamente salvado a un Strigoi. Yo había decidido, probablemente sin lógica alguna, que Víctor tal vez nos entregaría la información si nosotros le ofrecíamos la única cosa que nadie más podía darle: su libertad.
Esta no era una idea a prueba de tontos, por más de una razón. Primero, yo no sabía si funcionaría. Esa era una razón bastante grande. Segundo, no tenía idea de cómo propiciar un escape de prisión, eso sin contar que no sabía dónde estaba su prisión. Y, finalmente, estaba el hecho de que estaríamos liberando a nuestro enemigo mortal. Eso era lo suficientemente devastador para mí, sin contar lo que le haría a Lissa. Aún así, sabiendo lo mucho que la idea la afectaba, y créanme que lo hacía, ella había jurado solemnemente ayudarme. Yo le había ofrecido liberarla de su promesa docenas de veces durante los últimos meses, pero ella se mantenía firme. Por supuesto, considerando que no teníamos idea de cómo encontrar la prisión, su promesa podría no ser importante al final.
Yo trataba de llenar el incómodo silencio entre nosotras, explicándole que realmente me refería a que seríamos libres para celebrar su cumpleaños a lo grande la próxima semana. Mis intentos fueron interrumpidos por Stan, uno de mis instructores.
—¡Hathaway! —Ladró, acercándose desde el campo—. Gracias por unirse a nosotros. ¡Venga aquí ahora!
Los pensamientos sobre Víctor se desvanecieron de la mente de Lissa. Ella me dio un rápido abrazo. —Buena suerte —susurró—. No es que la necesites.
La expresión de Stan me decía que nuestra despedida de diez segundos, fue diez segundos demasiado larga. Yo le agradecí a Lissa con una sonrisa, y entonces ella se marchó para encontrarse con nuestros amigos en las graderías, mientras yo me apresuraba detrás de Stan.
—Tienes suerte de no haber estado entre los primeros —gruñó él—. La gente incluso estaba empezando a apostar acerca de si ibas a presentarte o no.
—¿De verdad? —le pregunté alegremente—. ¿Como están las probabilidades? Porque aún estoy a tiempo de cambiar de opinión y apostar en mi contra. Hacerme de un poco de dinero.
Sus ojos entrecerrados me dieron una advertencia que no necesitaba palabras mientras entrábamos al área de espera adjunta al campo, debajo de las graderías. Yo siempre había estado asombrada en los años pasados por todo el trabajo que requerían estas pruebas, y no estaba menos impresionada ahora que las veía de cerca. Las barracas en la que los novatos esperábamos fueron construidas de madera, con un techo que la completaba. La estructura se veía tan fuerte como si hubiera sido parte del estadio desde siempre. Había sido construida con una rapidez remarcable, y sería desmontada de la misma forma, una vez que las pruebas terminaran. Una puerta de cerca de tres personas de ancho daba una visión parcial de lo que pasaba en el campo, donde una de mis compañeras de clase esperaba ansiosamente a que llamaran su nombre. Todo tipo de obstáculos esperaban allí, retos pensados para probar el equilibrio y la coordinación de los estudiantes mientras esquivaban a los guardianes adultos que estarían escondidos alrededor de objetos y en las esquinas. Pasillos de madera habían sido construidos al final del campo, creando un oscuro y confuso laberinto. Redes e inestables plataformas estaban repartidas alrededor de otras áreas, diseñadas para ver qué tan aptos éramos para luchar bajo condiciones difíciles.
Algunos de los otros novatos estaban amontonados en la puerta, esperando obtener alguna ventaja al ver a los que iban primero que ellos. Yo no. Yo saldría sin saber qué iba a pasar, dispuesta a enfrentarme con cualquier cosa que ellos prepararan para mí. Estudiar el campo ahora, simplemente me haría pensar demasiado y asustarme. Calmarme era lo que necesitaba ahora.
Así que me recosté contra una de las paredes de la barraca y observé la gente a mi alrededor. Parece que yo realmente fui la última en presentarme, y me preguntaba si alguien había perdido dinero al apostar en mi contra. Algunos de mis compañeros de clase estaban reunidos en pequeños grupos. Algunos estaban haciendo estiramientos y otros ejercicios de calentamiento. Otros estaban con los instructores que habían sido sus mentores. Esos profesores hablaban intensamente con sus estudiantes, dándoles consejos de último minuto. Yo escuchaba constantemente palabras como ‚concéntrate‛ y ‚mantén la calma‛.
Verlos hizo que mi corazón se encogiera. No hace mucho tiempo, así era como me imaginaba este día. Me imaginaba a Dimitri a mi lado, mientras él me decía que me tomara esto en serio y que no perdiera mi calma cuando saliera al campo. Alberta había hecho una buena labor como mentora desde que regresé de Rusia, pero como capitana, ella estaba afuera en el campo, ocupada con todas sus responsabilidades. Ella no tenía tiempo para venir y sostener mi mano. Mis amigos que hubieran podido venir a ofrecerme su apoyo, Eddie, Meredith, y otros, estaban envueltos en sus propios miedos. Yo estaba sola.
Sin ella o Dimitri, o, bien, cualquiera, sentí un sorpresivo ataque de soledad fluyendo a través de mí. Dimitri debería haber estado aquí conmigo. Así es como se suponía que fuera. Cerrando mis ojos, me permití imaginarme que él estaba realmente aquí, a unos pocos centímetros mientras hablábamos.
—No te preocupes, camarada. Yo puedo hacer esto con los ojos vendados. Infiernos, a lo mejor de hecho debería hacerlo así. ¿Tienes algo dría dejarte amarrármelo.
—Dado que esta fantasía hubiera tomado lugar después de que dormimos juntos, había una fuerte posibilidad de que él me hubiera ayudado luego a quitarme esa venda… entre otras cosas.
Yo podía imaginarlo perfectamente sacudiendo exasperadamente su cabeza ante ese comentario. —Rose, lo juro, algunas veces pienso que cada día que paso contigo es mi propia prueba personal.
Pero yo sé que él habría sonreído de cualquier forma, y la mirada alentadora y llena de orgullo que me hubiera dado mientras me dirigía hacia el campo, hubiera sido todo lo que necesitaba para pasar las pruebas…
—¿Estás meditando?
Abrí mis ojos, sorprendida por esa voz. —¿Mamá? ¿Qué estás haciendo aquí?
Frente a mí estaba Janine Hathaway, mi madre, quien era unos pocos centímetros más baja que yo, pero tenía la suficiente fuerza en su interior para luchar contra alguien del doble de mi tamaño. La mirada peligrosa en su bronceado rostro retaba a cualquiera que la desafiara. Ella me dio una sonrisa torcida y puso una mano en su cadera.
—¿Honestamente pensabas que no iba a venir a verte?
—No lo sé. —Admití, sintiéndome casi culpable por dudar de ella. Ella y yo no hemos tenido mucho contacto durante los años, y fueron sólo los eventos recientes, la mayoría de ellos malos, los que comenzaron a restablecer la conexión entre nosotras. La mayor parte del tiempo, no sabía qué sentir por ella. Yo oscilaba entre un poco de necesidad infantil por su madre ausente y el resentimiento adolescente por su abandono—. Pensé que tenías, ya sabes, cosas más importantes que hacer.
—No había nada que pudiera hacerme perder esto —dijo ella firmemente. Ella inclinó su cabeza hacia la puerta, haciendo que sus rizos rojizos se balancearan—. A tu padre tampoco.
—¿Qué?
Me apresuré hacia la puerta y eché un vistazo al campo. Mi vista no era fantástica, gracias a todos los obstáculos en el camino, pero era lo suficientemente buena. Allí estaba: Abe Mazur. Él era realmente fácil de encontrar, con su barba y bigote negro y con su bufanda verde esmeralda anudada alrededor de su camisa de vestir negra. Yo incluso podía entrever el brillo de su arete de oro. Debía de estar derritiéndose en este calor, pero al parecer se necesitaba algo más que un poco de sudor para calmar su llamativo sentido de la moda.
Si mi relación con mi madre era incipiente, mi relación con mi padre simplemente no existía. Lo conocí en mayo, e incluso así, no fue hasta que regresé que me enteré que era su hija. Todos los dhampirs tenemos un padre Moroi, y él era el mío. Yo aún no estaba segura de cómo sentirme al respecto. La mayor parte de su pasado era un misterio, pero había bastantes rumores de que estaba envuelto en negocios ilegales. La gente también actuaba como si fuera del tipo rompe-rodillas, y a pesar de haber visto pocas evidencias de esto, no me sorprendería. En Rusia era conocido como Zmey: La serpiente.
Mientras lo miraba anonadada, mi mamá se acercó a mi lado. — Él va a ponerse feliz de que hayas llegado a tiempo —dijo—. Estaba organizando una gran apuesta acerca de si te ibas a presentar o no. Puso su dinero a tu favor, si eso te hace sentir mejor.
Yo gruñí. —Por supuesto. Claro que él tenía que ser el organizador de la apuesta. Debería haberlo sabido tan pronto como… —Mi mandíbula cayó abierta—. ¿Está hablando con Adrian?
Síp. Sentado junto a Abe estaba Adrian Ivashkov, mi casi-novio. Adrian era un Moroi de la realeza, y otro usuario del espíritu como Lissa. Él había estado loco por mí (y‖a‖menudo‖sólo‖‚loco‛)‖desde que nos conocimos, pero yo sólo tenía ojos para Dimitri. Después de fallar en Rusia, yo regresé y le había prometido a Adrian una oportunidad. Para mi sorpresa, las cosas habían salido... bien entre nosotros. Incluso fantásticas. Él me había escrito una propuesta de por qué salir con él era la decisión correcta. Incluía cosas como ‚Dejaré los cigarrillos a menos que de verdad, de verdad, necesite uno‛, y ‚Prepararé sorpresas románticas cada semana, como: un picnic repentino, rosas o un viaje a París, aunque no realmente ninguna de las anteriores, porque ahora no serían una sorpresa‛.
Estar con él no era como había sido estar con Dimitri, pero supongo que dos relaciones no pueden ser exactamente iguales. Eran dos hombres diferentes, después de todo. Yo todavía me despertaba en mitad de la noche, sacudida por la pérdida de Dimitri y de nuestro amor. Me atormentaba a mí misma por haber fallado en Siberia al intentar matarlo, y liberarlo de esta existencia no-viva. Aún así, esa desesperación no significaba que mi vida romántica había terminado… algo que me tomó un tiempo aceptar. Adrian me hacía feliz. Y, por ahora, eso era suficiente.
Pero eso tampoco significaba que yo lo quisiera cerca del pirata mafioso de mi padre.
—¡Él es una mala influencia! —Protesté.
Mi madre resopló. —Realmente dudo que Adrian pueda influenciar tanto a Abe.
—¡No Adrian! Abe. Adrian está intentando comportarse mejor. Abe lo arruinará todo. —Además de dejar de fumar, Adrian había jurado dejar de beber, entre otros vicios, en su propuesta. Yo bizqueé entre la multitud de las graderías para verlo a él y a Abe, tratando de adivinar qué tema podría ser tan interesante—. ¿De qué están hablando?
—Creo que esa es la menor de tus preocupaciones en este momento. —Janine Hathaway no era otra cosa más que práctica—. Preocúpate menos por ellos y más por ese campo.
—¿Crees que estén hablando sobre mí?
—¡Rose! —Mi mamá me dio un ligero golpe en el brazo, y yo arrastré mis ojos de vuelta a ella—. Tienes que tomarte esto en serio. Mantén la calma y no te distraigas.
Sus palabras se parecían tanto a lo que imaginé que diría Dimitri, que una pequeña sonrisa se instaló en mi cara. No estaba sola después de todo.
—¿Qué es tan gracioso? —Me preguntó ella con cautela.
—Nada —dije yo, dándole un abrazo. Ella estaba rígida al principio, pero entonces se relajó, abrazándome brevemente antes de retirarse—. Me alegra que estés aquí.
Mi madre no era del tipo afectivo, y la sorprendí fuera de guardia. —Bien —dijo ella, obviamente aturdida—. Te dije que no me lo perdería.
Yo miré de nuevo hacia las graderías. —Abe, por otro lado, no estoy tan segura.
O... espera. Una extraña idea se me ocurrió. No, no tan extraña, de hecho. Turbio o no, Abe tiene conexiones… algunas lo suficientemente extensas como para mandarle un mensaje dentro de prisión a Víctor Dashkov. Abe le había pedido información sobre Robert Doru, el hermano controlador del espíritu de Victor, como un favor para mí. Cuando Víctor le envió un mensaje de vuelta diciendo que no tenía ninguna razón para ayudarle a Abe, rechacé demasiado pronto a mi padre y me apresuré con la idea del escape de prisión. Pero ahora…
—¡Rosemarie Hathaway!

Fue Alberta quien me llamó, su voz sonando fuerte y clara. Era como una trompeta, una llamada a la batalla. Todos los pensamientos sobre Abe y Adrian, y sí, incluso Dimitri, se desvanecieron de mi mente. Creo que mi madre me deseó buena suerte, pero las palabras exactas se perdieron mientras me apresuraba hacia el campo donde me esperaba Alberta. La adrenalina corría por mis venas. Mi pulso se aceleró de nuevo. Toda mi atención estaba ahora en lo que tenía adelante: la prueba que finalmente me convertiría en una guardiana.

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