lunes, 22 de diciembre de 2014

Capítulo 6 SPIRIT BOUND

Capítulo 6
—¿Saben lo que necesitamos? —Yo me sentaba entre Eddie y Lissa, en nuestro vuelo de Seattle a Fairbanks. Como la más baja,
marginalmente, y el cerebro de la operación, había quedado atascada en el asiento del medio.
—¿Un nuevo plan? —preguntó Lissa.
—¿Un milagro? —preguntó Eddie.
Me detuve y los miré a ambos antes de responder. ¿Desde cuándo se habían convertido en los comediantes aquí?
—No. Cosas. Necesitamos buenos aparatos si es que vamos a hacer esto. —Tomé el plano de la prisión que había estado en mi regazo durante casi todo nuestro viaje hasta ahora. Mikhail nos había dejado en un pequeño aeropuerto a una hora de la Corte. Habíamos tomado un vuelo comercial de allí a Filadelfia, y de allí a Seattle, y ahora a Fairbanks. Me recordó un poco a los locos vuelos que había tenido que tomar de Siberia para volver a los EEUU. Ese viaje también había pasado a través de Seattle. Comenzaba a creer que esa ciudad era una puerta hacia oscuros lugares.
—Pensé que los únicos instrumentos que necesitábamos eran nuestras agudezas —se mofó Eddie. Él quizás era serio acerca de su trabajo de guardián gran parte del tiempo, pero también podía encender su humor seco cuando estaba relajado. No es que estuviera totalmente tranquilo con nuestra misión aquí, ahora que conocía más (pero no todos) los detalles. Sabía que volvería a su estado de alerta en cuanto aterrizáramos. Se había mostrado sacudido de manera comprensible cuando le dije que liberaríamos a Victor Dashkov. No le dije nada a Eddie sobre Dimitri ni el espíritu, sólo le dije que liberar a Victor jugaba un papel más grande en el bien general. La confianza de Eddie en mí fue tan implícita que tomó mi palabra y no presionó más sobre el asunto. Me pregunté cómo reaccionaría cuando supiera la verdad.
—Como mínimo, necesitamos un GPS —dije—. Hay sólo latitud y longitud en esta cosa. Ninguna dirección verdadera.
—No debe ser difícil —dijo Lissa, girando una pulsera una y otra vez entre sus manos. Había abierto su bandeja y extendido las joyas de Tasha sobre ella—. Estoy segura de que incluso Alaska tiene tecnología moderna. —Ella también se había prendido una actitud divertida, aún con la ansiedad que irradiaba hacia mí a través de nuestro vínculo.
El buen humor de Eddie se destiñó un poco.
—Espero que no pienses en armas ni nada de eso.
—No. Absolutamente no. Si esto funciona como deseamos, nadie siquiera sabrá que estamos allí. —Un enfrentamiento físico era probable, pero esperaba minimizar las heridas graves.
Lissa suspiró y me entregó la pulsera. Estaba preocupada porque gran parte de mi plan dependía de sus encantos, literalmente y en sentido figurado.
—No sé si esto funcionará, pero quizá te dará más resistencia.
Tomé la pulsera y la puse en mi muñeca. Yo no sentía nada, pero raramente sentía algo con los objetos encantados. Le dejé a Adrian una nota que decía que Lissa y yo habíamos querido escapar para un ‚tiempo de‖ hicas‛ antes de mi asignación y de la visita a la universidad de ella. Sabía que se sentiría herido. El ángulo del ‚tiempo de chicas‛ tendría algo de peso, pero se sentiría herido por no haber sido invitado en unas vacaciones osadas... si es que en realidad creía que estábamos en unas. Probablemente me conocía lo suficientemente bien como para saber que la mayor parte de mis acciones tenían motivos ulteriores. Mi esperanza era que él esparciría la historia entre los funcionarios de la Corte cuando nuestra desaparición fuera advertida. Tendríamos problemas de todos modos, pero un fin de semana salvaje era mejor que la fuga de una prisión. Y, honestamente, ¿cómo podrían empeorar más las cosas para mí? El único fallo era que Adrian podría visitar mis sueños y averiguar lo que pasaba realmente. Ésa era una de las más interesantes, y más ocasionalmente molestas, capacidades del espíritu. Lissa no había aprendido a caminar por los sueños, pero tenía una comprensión cruda del principio. Entre eso y la compulsión, ella había tratado de encantar la pulsera de una forma que bloquearía a Adrian cuando yo durmiera más tarde.
El avión empezó a descender en Fairbanks, y miré fuera de la ventana hacia pinos altos y tierra verde. En los pensamientos de Lissa, leí cómo ella esperaba de alguna forma ver glaciares y bancos de nieve, a pesar de saber que era pleno verano aquí. Después de Siberia, yo había aprendido a mantener una mentalidad abierta acerca de los estereotipos regionales. Mi preocupación más grande era el sol. Había sido pleno día cuando dejamos la Corte, y como nuestros viajes nos llevaron al oeste, el cambio de horario significaba que el sol permanecía con nosotros. Ahora, aunque eran casi las nueve de la noche, todavía teníamos un cielo azul, soleado y lleno, gracias a la latitud del norte.
Era como una gigante manta de seguridad. Yo no se lo había mencionado a Lissa ni a Eddie, pero era probable que Dimitri tuviera espías por todas partes. Yo era intocable en St. Vladimir y en la Corte, pero sus cartas habían indicado claramente que él estaría esperando el momento en que yo abandonara esas fronteras. No conocía la extensión de su logística, pero humanos vigilando la Corte a la luz del día no me habría sorprendido. E incluso aunque me fui oculta en un baúl, había una fuerte posibilidad de que Dimitri estuviera ya en persecución. Pero la misma luz que mantenía a los presos, nos mantendría seguros a nosotros también. Tendríamos apenas unas pocas horas de noche que evitar, y si lográbamos nuestro cometido rápidamente, estaríamos fuera de Alaska en muy poco tiempo. Por supuesto, eso quizás no fuera algo tan bueno. Perderíamos el sol.
Nuestra primera complicación vino después de que aterrizáramos y tratáramos de alquilar un coche. Eddie y yo teníamos dieciocho, pero ninguna de las compañías de alquiler de coches le alquilaría uno a alguien tan joven. Después de la tercera negativa, mi ira comenzó a crecer. ¿Quién habría pensado que seríamos demorados por algo tan estúpido? Por último, en un cuarto mostrador, la mujer nos dijo con indecisión que había un tipo a una milla del aeropuerto que probablemente nos alquilaría un coche si teníamos una tarjeta de crédito y un depósito lo suficientemente grande.
Hicimos la caminata en un clima agradable, pero sabía que el sol comenzaba a molestar a Lissa para cuando alcanzamos nuestro destino. Bud, de‚ Alquiler de Coches Bud‛, no pareció tan sórdido como esperaba, y en verdad nos alquiló un coche cuando le dimos el suficiente dinero. De allí, conseguimos un cuarto en un motel modesto y repasamos nuestros planes otra vez.
Toda nuestra información indicaba que la prisión funcionaba en un horario vampiro, lo que significaba que éste era su momento activo del día. Nuestro plan era permanecer en el hotel hasta el día siguiente,‖ cuando‖ la‖ ‚noche‛‖ Moroi‖ viniera,‖ y‖ dormir‖ algo‖ hasta‖ entonces. Eso le daría a Lissa más tiempo para trabajar en sus encantos. Nuestro cuarto era fácilmente defendible.
Mi sueño estuvo libre-de-Adrian, por lo que estuve agradecida, ya que significaba que él  aceptó todo el tema de‚ viaje de chicas‛, o  bien que no podría abrirse camino a mis sueños por la pulsera de Lissa. Por la mañana, conseguimos algunas rosquillas para el desayuno y algo de café fuerte.
Correr contra nuestro horario de vampiro nos sacaba un poco de lugar a todos.
Aunque el azúcar nos ayudó a arrancar, y Eddie y yo dejamos a Lissa cerca de las diez para ir a explorar. Compramos mi codiciado GPS y otras pocas cosas en una tienda de artículos deportivos en el camino y lo utilizamos para navegar por caminos rurales remotos que parecían no ir a ninguna parte. Cuando el GPS nos mostró que estábamos a una milla de la prisión, aparcamos al lado de un pequeño camino de tierra y seguimos a pie a través de un campo de césped alto que se estiraba indefinidamente ante nosotros.
—Pensé que Alaska era de tundra* —dijo Eddie, haciendo crujir los tallos altos. El cielo era azul y claro otra vez, con sólo unas pocas nubes que no hacían nada por mantener al sol lejos. Yo había comenzado con una chaqueta ligera, pero ahora la llevaba atada alrededor de la cintura, mientras sudaba. Ocasionalmente, una bienvenida ráfaga de viento soplaba, aplastando el césped y azotando mi cabello alrededor.
—Supongo que no en todas partes. O quizá tenemos que ir más al norte para encontrarla. Ah, oye. Esto promete mucho. —Nos detuvimos frente a un cartel de alto, una valla de alambre de púas con un enorme letrero que decía: PROPIEDAD PRIVADA. SÓLO PERSONAL AUTORIZADO PERMITIDO. La inscripción era roja, para     acentuar aparentemente         cuán en serio lo decían. Personalmente, habría agregado un cráneo y unos huesos cruzados para realmente enfatizar el mensaje.
Eddie y yo estudiamos la valla durante unos momentos, entonces nos miramos el uno al otro.
—Lissa curará lo que sea que nos lastimemos —dije de manera optimista.
Subir a través de un alambre de púas no es imposible, pero no es divertido. Tirando mi chaqueta sobre los alambres hizo mucho por protegerme, pero aún así acabé con algunos rasguños y ropa enganchada. Una vez que estaba arriba, bajé de un salto, prefiriendo el duro aterrizaje antes que más rasguños al bajar. Eddie hizo lo mismo, haciendo una mueca ante el duro impacto.
 Anduvimos un poco más lejos, y entonces la oscura línea de un edificio entró a la vista. Nos detuvimos al mismo tiempo y nos arrodillamos, buscando cubrirnos como pudiéramos con el césped. El archivo de la prisión había indicado que tenían cámaras por fuera, lo cual significaba que nos arriesgábamos a ser descubiertos si nos acercábamos más. Había comprado unos prismáticos de alto poder junto con el GPS, y los tomé ahora, estudiando el exterior del edificio.
Los prismáticos eran buenos, realmente buenos, como deberían haberlo sido considerando su precio. El nivel de detalle era asombroso. Como tantas creaciones de los Moroi, el edificio era una mezcla de lo viejo y lo nuevo. Las paredes estaban hechas de bloques de piedra, grises y siniestros, y casi oscurecían totalmente la prisión, cuyo techo justo apenas podía verse. Un par de figuras se movían por encima de las paredes, ojos observando en vivo para complementar las cámaras. El lugar parecía una fortaleza, impenetrable e ineludible. Merecía estar en un precipicio rocoso, con un cielo negro siniestro detrás. El campo y el sol de aquí parecían fuera de lugar.
Entregué los prismáticos a Eddie. Él hizo su propia evaluación y entonces hizo gestos a la izquierda.
—Allí. —Concentrándome, apenas alcancé a ver un camión o una SUV subiendo hacia la prisión. Recorrió la parte trasera y desapareció de la vista.
—Nuestra única forma de entrar —murmuré, recordando el plano. Sabíamos que no teníamos ninguna posibilidad de escalar las paredes ni acercarnos lo suficiente a pie sin ser vistos. Necesitábamos literalmente entrar por la puerta principal, y ahí es donde el plan se volvía algo tembloroso.
Eddie bajó los prismáticos y me echó un vistazo, con la frente fruncida.
—Quise decir lo que dije antes, ¿sabes? Yo confío en ti. Cualquier razón que sea que tienes para hacer esto, sé que es una buena. Pero, antes de que las cosas empiecen a moverse, ¿estás segura de que esto es lo que quieres?
Le mostré una risa dura.
—¿Lo que quiero? No. Pero es lo que debemos hacer.
Asintió.
—Es suficiente para mí.
Observamos la prisión un rato más, mirando a través de ángulos diferentes pero aún manteniendo un gran perímetro. El lugar era más o menos lo que habíamos esperado, pero tener una visión en 3D era útil.
Después de cerca de media hora, volvimos al hotel. Lissa estaba sentada con las piernas cruzadas en una de las camas, todavía trabajando en los encantos. Los sentimientos que venían de ella eran tibios y felices. El espíritu siempre la hacía sentirse bien, incluso si tuviera efectos secundarios posteriores, y pensó que estaba progresando.
—Adrian llamó a mi teléfono móvil dos veces —me dijo cuando entramos.
—¿Pero no contestaste?
—No. Pobre tipo.
Yo me encogí de hombros.
—Es mejor de esta manera.
Le hicimos un resumen de lo que habíamos visto, y su humor feliz comenzó a caer en picado. Nuestra visita hacía que lo que íbamos a hacer más tarde ese día se hiciera más y más verdadero, y trabajar con tanto espíritu ya la había puesto en sus límites. Unos pocos momentos más tarde, la sentí tragarse su temor. Estaba decidida. Ella me había dicho que haría esto, y tenía intenciones de mantener su palabra, aunque temiera cada segundo que la llevaba más cerca de Victor Dashkov.
El almuerzo llegó, y unas pocas horas más tarde, era momento de poner el plan en el movimiento. Era temprano en la tarde de los humanos, lo que significaba que la noche vampira estaría llegando a su fin pronto. Era ahora o nunca. Lissa distribuyó nerviosamente los encantos que había hecho para nosotros, preocupada de que no funcionarían. Eddie se puso su ropa formal de guardián blanco y negro mientras que Lissa y yo permanecimos en nuestra ropa normal, con unas leves modificaciones. El pelo de Lissa era de color marrón terroso, el resultado de una coloración temporal de cabello. Mi pelo estaba apretadamente atado debajo de una peluca roja rizada que me recordaba incómodamente a mi madre. Nosotras nos sentamos en el asiento trasero del coche mientras Eddie nos conducía por el camino remoto que habíamos seguido antes. A diferencia de antes, no nos detuvimos ahora. Permanecimos en el camino, conduciendo hasta la prisión, o mejor dicho, hasta el puesto de guardia. Nadie habló mientras estábamos de camino, pero la tensión y la ansiedad dentro de todos nosotros creció y creció.
Antes incluso de que pudiéramos acercarnos a la pared exterior, nos topamos con un punto de control. Eddie detuvo el coche, y yo traté de mantener la calma. Bajó la ventanilla, y el guardián de turno se agachó para quedar a la altura de sus ojos.
—¿Cuál es su negocio aquí?
Eddie entregó un papel, su actitud segura y despreocupada, como si esto fuera muy normal.
—Dejar nuevos alimentadores.
El archivo había contenido todo tipo de formas y papeles de negocios de la prisión, incluyendo informes y hojas de pedido de suministros... como alimentadores.
Habíamos hecho una copia de una de las formas de pedido de alimentadores y la habíamos llenado.
—No fui notificado de una entrega —dijo el guardián, no tan sospechoso como desconcertado. Escudriñó el papeleo—. Ésta es una forma vieja.
Eddie se encogió de hombros.
—Es sólo lo que ellos me dieron. Soy algo nuevo en esto.
El hombre sonrió.
—Sí, apenas pareces lo suficientemente mayor para estar fuera de la escuela. —Miró hacia Lissa y hacia mí, y a pesar de mi control experto, me tensé. El guardián frunció el entrecejo mientras nos estudiaba. Lissa me había dado un collar, y ella había tomado un anillo, ambos encantados con un pequeño hechizo de compulsión para hacer que otros pensaran que éramos humanas. Habría sido mucho más fácil hacer que la víctima llevara un encanto y así forzarlo a pensar que veían a humanos, pero eso no era posible. La magia era más dura de esta manera. Bizqueó, casi como si nos mirara a través de una neblina. Si los encantos hubieran funcionado perfectamente, él no nos habría echado una segunda mirada. Los encantos eran un poco defectuosos. Cambiaban nuestras apariencias pero no tan claramente como habíamos esperado. Por eso habíamos cambiado nuestras apariencias: si la ilusión humana fallaba, aún tendríamos alguna protección de identidad. Lissa se preparó para trabajar en la compulsión directa, aunque habíamos esperado no tener que recurrir a eso con cada persona que encontráramos.
Unos pocos momentos más tarde, el guardián dejó de observarnos, decidiendo aparentemente que éramos humanas después de todo. Exhalé y aflojé los puños. No me había dado cuenta de que los había estado apretando.
—Espera un minuto, mientras yo llamo por esto —le dijo a Eddie.
El guardián dio un paso lejos y recogió un teléfono dentro de su puesto.
Eddie miró atrás hacia nosotras.
—¿Hasta ahora vamos bien?
—Fuera de la forma vieja —me quejé.
—¿No hay forma de saber si mi encanto funciona? —preguntó Eddie.
Lissa le había dado uno de los anillos de Tasha, encantado para hacerlo parecer bronceado de piel y con cabello negro. Ya que ella no alteraba su raza, la magia sólo necesitaba enturbiar sus facciones. Como nuestros encantos humanos, yo sospechaba que no proyectaba la imagen exacta que había esperado, pero debió haber alterado su apariencia lo suficiente para que nadie identificara a Eddie más tarde. Con nuestra resistencia a la compulsión, y sabiendo que había un encanto en el lugar, lo cual anulaba sus efectos en nosotros, Lissa y yo no podíamos saber con toda seguridad cómo aparecía él ante los otros.
—Estoy seguro de que está bien —dijo Lissa de modo tranquilizador.
El guardián volvió.
—Dicen que pasen, y ellos lo clasificarán allí.
—Gracias —dijo Eddie, tomando nuevamente los papeles.
La actitud del guardián implicaba que asumía que esto era un error de oficina. Aún era diligente, pero la idea de alguien ingresando furtivamente alimentadores en una prisión eran apenas el tipo de cosas que uno esperaría... o que vería como un riesgo de la seguridad.
Pobre tipo.
Dos guardianes nos saludaron cuando llegamos a la puerta en la prisión. Los tres salimos y fuimos dirigidos hacia la prisión misma. Mientras que St. Vladimir y la Corte habían sido exuberantes y llenas de plantas y árboles, la tierra aquí era vacía y solitaria. Ni siquiera había césped, la tierra era sólo tierra dura. ¿Era esto lo que servía como ‚{rea‖ de ejercicios‛ de los presos? ¿Ni‖ siquiera les permitían salir fuera? Estaba sorprendida de que no hubiera un foso de algún tipo aquí fuera.
El interior del edificio era tan cruel como su exterior. Las celdas de propiedad de la Corte eran estériles y frías, todas las paredes de metal y en blanco. Había esperado algo semejante. Pero quienquiera que hubiera diseñado Tarasov, había obviado la visión moderna y en lugar de ello había emulado la clase de prisión que uno quizás habría encontrado en Rumania en épocas medievales. Los muros duros continuaban por el vestíbulo gris, y el aire era frío y húmedo. Tenía que ser desagradable tener que trabajar en estas condiciones para los guardianes asignados aquí.
Presumiblemente, querían asegurar una fachada que intimidara por todas partes, aún para los presos que ingresaban por primera vez por estas puertas. Según nuestro plano, había una sección pequeña de dormitorios donde vivían los empleados. Esperaba que esos fueran más agradables.
Con decorado de la Alta Edad Media o sin él, pasamos por las ocasionales cámaras a lo largo del pasillo. La seguridad de este lugar no era de ninguna manera primitiva. Ocasionalmente oímos el pesado azotar de una puerta, pero en términos generales había un perfecto silencio misterioso que era casi más escalofriante que cualquier grito y chillido.
Fuimos llevados a la oficina del alcaide, un cuarto que todavía tenía la misma arquitectura oscura pero que estaba llena de los accesorios administrativos usuales: escritorio, ordenador, etc. Parecía eficiente, nada más. Nuestros escoltas explicaron que íbamos a ver el encargado, ya que el alcaide estaba todavía en la cama. Como esperábamos. El subordinado habría quedado atascado con el turno de noche. Esperaba que eso significara que estaba cansado y distraído. Probablemente no. Eso raramente les sucedía a los guardianes, sin importar cuál fuera su puesto.
—Theo Marx —dijo el encargado, sacudiendo la mano de Eddie. Él era un dhampir no mucho más viejo que nosotros, y me pregunté si hacía poco tiempo había sido asignado aquí.
—Larry Brown —contestó Eddie. Propusimos un nombre aburrido para él, uno que no destacaría, y lo usamos en el papeleo.
Teo no habló con Lissa ni conmigo, pero nos echó la misma mirada desconcertada que el primer tipo, mientras que el encanto procuraba su ilusión. Otra demora siguió pero, una vez más, nos pasaron por alto. Theo volvió su atención a Eddie y tomó la forma de pedido.
—Ésta es diferente a la usual —dijo.
—No tengo ni idea —dijo Eddie, lleno de disculpas—. Ésta es mi primera vez.
Teo suspiró y miró el reloj.
—El alcaide no entrará a su turno hasta dentro de unas horas más. Creo que deberíamos esperar hasta que esté aquí para resolver lo que pasa. Sommerfield es muy organizado generalmente.
Había unas pocas instalaciones Moroi en el país que reunían alimentadores, aquellos humanos en los márgenes de la sociedad que estaban contentos de gastar sus vidas consumiendo endorfinas de vampiro, y entonces los distribuían. Sommerfield era el nombre de una de esas instalaciones, situada en la ciudad de Kansas.
—No soy el único nuevo que acaban de recibir —dijo Eddie—. Quizá alguien más se confundió.
—Típico —bufó Theo—. Bien, puedes tomar asiento y esperar. Puedo conseguir algo de café si quieres.
—¿Cuándo conseguiremos alimentar? —pregunté de repente, utilizando la voz más quejosa y soñadora que pude.

—Ha pasado tanto tiempo —Lissa siguió—. Dijeron que podríamos cuando llegáramos aquí.
Eddie puso los ojos en blanco en lo que era una conducta típica de los alimentadores.
—Estuvieron así todo el camino.
—Puedo imaginarlo —dijo Teo—. Bah. Alimentadores...
La puerta a su oficina estaba parcialmente entreabierta, y él miró a través de ella.
—Oye, ¿Wes? ¿Puedes venir aquí?
Uno de los guardianes de escolta metió la cabeza dentro.
—¿Sí?
Teo nos lanzó una mirada desdeñosa.
—Lleva a estas dos abajo al área de alimentación para que no nos vuelvan locos. Si alguien está despierto, ellos pueden utilizarlas.
Wes asintió y nos llevó fuera. Eddie y yo intercambiamos el más pequeño contacto visual. Su cara no dejó ver nada, pero yo sabía que estaba nervioso. Lograr dejar salir a Victor era trabajo nuestro ahora, y Eddie no quería enviarnos a la guarida del dragón.
Wes nos dirigió por más puntos de revisión y puertas de seguridad a medida que nos adentramos más profundamente en la prisión. Me di cuenta de que cada capa de seguridad que cruzábamos para entrar, íbamos a tener que cruzarla otra vez para salir. Según el plano, el área de alimentación estaba situada en el lado opuesto de la prisión. Había asumido que tomaríamos alguna ruta por los alrededores, pero en lugar de eso, atajamos por el centro del edificio, donde los presos eran mantenidos. Estudiar el plano me había dado algún sentido de la disposición, pero Lissa no se dio cuenta de a dónde nos dirigíamos hasta que pasamos un aviso que decía: ADVERTENCIA. AHORA ENTRANDO A AREA DE PRESOS (CRIMINAL). Pensé que ese cartel era algo extraño. ¿No se suponía que todos aquí dentro eran criminales?
Dobles puertas pesadas bloquearon esta sección, y Wes utilizó tanto un código electrónico como una llave para cruzar. El ritmo de Lissa no cambió, pero sentía su aumento de ansiedad cuando entramos en un pasillo largo cubierto de celdas con paredes de barras. Yo no me sentí mejor que ella al respecto, pero Wes, mientras se mantenía siempre alerta, no demostró ningún signo de temor. Entraba a esta área todo el tiempo, me di cuenta. Conocía su seguridad. Los presos quizás eran peligrosos, pero pasarlos era una actividad rutinaria para él.
Aún así, mirar dentro de las celdas casi hizo que mi corazón se detuviera. Los compartimentos pequeños eran tan oscuros y lúgubres como todo lo demás, conteniendo sólo el mobiliario básico. La mayor parte de los presos estaban durmiendo, gracias a Dios. Unos pocos nos miraron, sin embargo, mientras pasamos. Ninguno dijo nada, pero el silencio era casi más espantoso. Parte de los Moroi que estaban allí parecían personas ordinarias que te cruzarías en la calle, y me pregunté lo que habrían hecho para acabar aquí. Sus caras eran tristes, desprovistas de toda esperanza. Volví a mirar y me di cuenta de que algunos de los presos no eran Moroi; eran dhampirs. Tenía sentido, pero aún así me pilló desprevenida. Mi propia clase tendría a criminales con los cuales necesitaría tratar también.
Pero no todos los presos parecían benignos. Otros se veía que pertenecían definitivamente a Tarasov. Había una malevolencia cerca de ellos, algo siniestro que se sentía cuando encontraban tu mirada y no la soltaban. Inspeccionaban cada detalle nuestro, aunque por qué razón, no sabría decirlo. ¿Buscaban algo que quizás les ofreciera una posibilidad de escape? ¿Podrían ver a través de nuestras fachadas? ¿Estaban simplemente hambrientos? No lo sabía, pero me sentía agradecida de los guardianes silenciosos parados a lo largo del vestíbulo. Estaba también agradecida de no ver a Victor, y asumí que vivía en una parte diferente. No podíamos arriesgarnos a ser reconocidas todavía.
Finalmente salimos del pasillo de los presos a través de otro conjunto de dobles puertas y alcanzamos por fin el área de alimentación. También se sentía como un calabozo medieval, pero las imágenes tenían que ser mantenidas para los presos. Decoración aparte, la disposición del cuarto de alimentación era semejante al de St. Vladimir, salvo que era más pequeño. Unos pocos cubículos ofrecían moderada intimidad, y un tipo Moroi de aspecto aburrido leía un libro en un escritorio, pero parecía listo para ponerse a dormir. Había sólo un alimentador en el cuarto, un desaseado humano de edad madura que se sentaba en una silla con una sonrisa torpe en la cara, mirando fijamente a la nada.
El Moroi se estremeció cuando entramos. Claramente, éramos la cosa más emocionante que le sucedía en toda la noche. Él no tuvo ese momento de desorientación cuando nos miró; aparentemente tenía poca resistencia a la compulsión, lo cual era bueno saber.
—¿Qué es esto?
 —Dos nuevos acaban de entrar —dijo Wes.
—Pero nosotros no pedimos nuevos —dijo el Moroi—. Y nunca conseguimos unos tan jóvenes. Ellos siempre nos dan a los viejos, los gastados.
—No me preguntes a mí —dijo Wes, moviéndose hacia la puerta una vez que había indicado los asientos para Lissa y para mí. Estaba claro que acompañar a los alimentadores estaba por debajo de él—. Marx los desea aquí hasta que Sullivan se levante. Supongo que resultará ser un error, pero ellas se quejaban de necesitar una mordida.
—Maravilloso —gimió el Moroi—. Bien, nuestra próxima comida es en quince minutos, así que puedo darle a Bradley allí un descanso. Él está tan ido, que dudo que advierta si otra persona da sangre en vez de él.
Wes asintió.
—Te llamaremos cuando sepamos qué pasa.
El guardián nos dejó, y el Moroi recogió una tablilla con sujetapapeles con un suspiro. Tuve el presentimiento de que todos aquí estaban cansados de sus trabajos. Podía comprender por qué. Éste tenía que ser un lugar miserable para trabajar. Dame el mundo libre en cualquier momento antes que esto.
—¿A quién se debe alimentar en quince minutos? —pregunté.
La cabeza del Moroi dio un tirón arriba con asombro. No era la clase de pregunta que un alimentador haría.
—¿Qué dijo usted?
Lissa se paró y consiguió su mirada.
—Conteste su pregunta. —La cara del hombre quedó floja. Fue fácil de obligar.
—Rudolf Káiser. —Nadie que ninguna de nosotras reconociéramos. Podría haber estado aquí dentro por asesinato o malversación, por todo lo que yo sabía.
—¿Cuándo es el turno de Victor Dashkov? —preguntó Lissa.
—En dos horas.
—Altera el horario. Diles a sus guardias que ha habido un reajuste y que él tiene que venir ahora en vez de Rudolf.
La mirada del Moroi se quedó en blanco, ahora pareciendo tan aturdido como Bradley el alimentador, realmente, pareciendo tomar un momento para procesar eso.
—Sí —dijo.
—Esto es algo que quizás suceda normalmente. No levantará sospecha.
—No levantará sospecha —repitió en un solo tono.
—Hazlo —le ordenó, su voz dura—. Llámalos, haz el cambio, y no quites tus ojos de mí.
El Moroi obedeció. Al hablar por teléfono, él se identificó como Northwood. Cuando colgó, los arreglos habían sido hechos. Nosotras ahora no teníamos nada más que hacer que esperar. Mi cuerpo entero estaba duro por la tensión. Theo había dicho que teníamos cerca de una hora hasta que el alcaide volviera al turno. Nadie haría preguntas hasta entonces. Eddie simplemente tendría que matar el rato con Theo y no levantar sospechas detrás de un error de papeleo. Cálmate, Rose. Puedes hacer esto.
Mientras esperamos, Lissa obligó a Bradley el alimentador a entrar en un sueño pesado. Yo no quería ningún testigo, aunque fuera uno drogado. Igualmente, giré la cámara del cuarto ligeramente, así ya no podrían ver la mayor parte del cuarto. Naturalmente, tendríamos que tratar con el sistema entero de vigilancia de la prisión antes de irnos, pero por ahora necesitábamos que ningún personal de seguridad viera lo que estaba a punto de suceder.
Acababa de sentarme en uno de los cubículos cuando la puerta se abrió. Lissa había permanecido en su silla cerca del escritorio de Northwood, para poder mantener su compulsión en él. Nosotros le habíamos instruido que yo sería el alimentador. Estaba encerrada, pero a través de la vista de Lissa, vi al grupo entrar: dos guardianes... y Victor Dashkov.
La misma pena que ella había sentido al verlo en su juicio se disparó dentro de ella. El ritmo de su corazón se aceleraba. Sus manos temblaban. Lo único que finalmente la había calmado en el juicio fue la sentencia, sabiendo que Victor sería encerrado para siempre y que sería incapaz de lastimarla otra vez.
Y ahora estábamos a punto de cambiar todo eso.
Forzosamente, Lissa empujó su temor fuera de su mente para poder mantener su control sobre Northwood.
Los guardianes al lado de Victor parecían alerta y listos para la acción, aunque realmente no necesitaban estarlo. La enfermedad que lo había plagado durante años, una que Lissa temporalmente había curado, comenzaba a aumentar otra vez. La falta de ejercicio y aire fresco parecían haber cobrado su cuota también, al igual que la limitada sangre que conseguían supuestamente los presos. Los guardianes lo mantenían con los grilletes puestos como una precaución extra, y el peso lo arrastró hacia abajo, casi haciéndolo arrastrarse.
—Allí —dijo Northwood, señalando hacia mí—. Ése.
Los guardianes dirigieron a Victor, pasando a Lissa, y él apenas le echó una segunda mirada. Ella trabajaba una doble compulsión: manteniendo a Northwood bajo su control y utilizando un toque rápido para hacerse insignificante ante Victor. Los guardias lo asentaron en una silla a mi lado y entonces retrocedieron, aún manteniéndolo a la vista. Uno de ellos comenzó una conversación con Northwood, notando lo nuevas y jóvenes que éramos. Si alguna vez hacíamos esto de nuevo, haría que Lissa pusiera un encanto sobre nosotras para parecer más viejas.
Sentado a mi lado, Victor se inclinó hacia mí y abrió la boca. Alimentarse era tan natural, los movimientos eran siempre los mismos, que él apenas tuvo que pensar lo que hacía. Fue como si ni siquiera me hubiera visto.
Excepto que, entonces... lo hizo.
Se congeló, sus ojos bien abiertos. Ciertas características marcadas de las familias reales Moroi, y los ojos verde jade que corrían tanto entre los Dashkovs como los Dragomirs. La mirada fatigada y dimitida desapareció, y la afilada mirada astuta que tanto lo caracterizaba, ese intelecto sagaz que conocía tan bien, volvió a su lugar. Me recordó a la mirada de algunos de los presos que habíamos pasado antes.
Pero estaba confundido. Como las otras personas con las que nos  habíamos encontrado, mi encanto desordenaba sus pensamientos. Sus sentidos le decían que era una humana... pero la ilusión no era perfecta. Estaba también el hecho de que Victor, como un fuerte usuario de la compulsión no-espíritu, era relativamente resistente a ello. Y así como Eddie, Lissa y yo habíamos sido inmunes unos a los otros porque sabíamos nuestras identidades verdaderas, Victor experimentó el mismo efecto. Su mente quizás insistía en que era humana, pero sus ojos le dijeron que era Rose Hathaway, aún con mi peluca. Y una vez que ese conocimiento fue solidificado, la ilusión humana desapareció para él.
Una lenta e intrigada sonrisa se extendió por su cara, mostrando sus colmillos.
—Ah, bueno. Ésta quizás sea la mejor comida que yo jamás haya tenido. —Su voz fue apenas audible, cubierta por la conversación de los otros.
—Pon tus dientes en algún lugar cercano a mí y será tu última comida —murmuré, manteniendo mi voz calmada—. Pero si deseas una oportunidad para salir de aquí y ver el mundo otra vez, harás exactamente lo que yo diga.
Él me mostró una mirada inquisitiva. Respiré hondo, temiendo lo que tenía que decir a continuación:
—Atácame.

* Tundra: bioma que se caracteriza por su subsuelo helado, falta de vegetación arbórea y suelos cubiertos de musgos y líquenes, que se extiende principalmente por el Hemisferio Norte. (N. del T.)

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